El médico otorrino atiende un viejecito millonario que había comenzado a usar un revolucionario aparato de audición:
- ¿Y entonces, señor López, le gusta su nuevo aparato?
- Sí, es muy bueno.
- ¿Y a su familia le gustó?
- Todavía no se lo conté a nadie, pero ya cambié mi testamento tres veces.